En ese espacio de belleza radiante,
mágicos puntos inmóviles asoman.
Con sutileza aparecen lentamente,
formando senderos y líneas invisibles,
figuras todas con propio nombre;
aquellas que en el pasado imaginadas fueron,
las que dirigen al navegante y al caminante,
formando un constelado e inigualable techo.
¿Cómo, todavía así, se siente oscuro?
Atemoriza con sus mil ojos
que miran inquietos y parpadean.
Observan cómo el tiempo áspero pasa,
cómo se cumple el destino irremediable,
cómo nos perdemos, tú y yo, en vano,
entre desgracias y guerras triviales.
Ven cómo la muerte ataca y gana,
dejando un rastro tristemente húmedo
que empequeñece las almas seguras,
aquellas que lloran y las que no.
¿Quién es el dueño de esos ojos?
Retinas ciegas que no se conmueven,
observadoras impasibles e indiferentes.
¿Acaso no oye los lamentos todos?.
¿Acaso no es suficiente el grito unánime?.
Si es así, negro cielo inerte,
sólo el viento los ruegos se llevará,
para no ser oídos ni escuchados,
y todo lo que has visto pasar y pasa
en una tumba infinita será convertido.
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